La renovación de la iluminación del Museo Arqueológico de la Almoina responde a un doble objetivo: mejorar la eficiencia energética mediante la actualización integral del sistema de iluminación y construir una lectura espacial clara que permita comprender el yacimiento como un relato continuo.
La iluminación anterior, también realizada con tecnología ERCO, acompañó al museo durante más de 16 años, demostrando su fiabilidad. La obsolescencia tecnológica hizo necesaria la actualización a una nueva generación de luminarias LED, con una reducción significativa de la potencia instalada y del consumo energético. La continuidad de ERCO en esta renovación permitió mantener la infraestructura de carril existente y sustituir únicamente las luminarias, conservando los niveles de iluminación y el concepto lumínico necesarios para una lectura precisa del conjunto arqueológico.
Con más de 2.500 m² de superficie expositiva, el Museo Arqueológico de la Almoina integra los restos arqueológicos en una arquitectura contemporánea que permite comprender la evolución urbana de la ciudad, desde la Valentia romana hasta la València medieval. En este espacio amplio y continuo, la iluminación se concibe como una herramienta narrativa fundamental: estructura el relato, jerarquiza los vestigios y articula transiciones entre áreas. Esto permite comprender la superposición de épocas y propicia una lectura coherente del conjunto sin necesidad de recursos expositivos adicionales.
A lo largo del conjunto, la luz define escalas, delimita ámbitos y construye profundidad. Los haces precisos permiten aislar detalles —por ejemplo, pequeñas piezas domésticas como tinajas o fragmentos constructivos—, mientras que distribuciones más abiertas ayudan a comprender la estructura espacial de los restos. La luz rasante levanta planos verticales y hace perceptibles límites arquitectónicos hoy fragmentados. Esto refuerza la lectura de muros, basamentos o columnas sin necesidad de reconstrucción física.
La iluminación actúa también sobre la percepción del vacío. En elementos como pozos o cavidades, la luz sugiere la profundidad mediante gradaciones controladas, evitando una lectura literal y manteniendo la atmósfera del lugar. En puntos específicos, la introducción de acentos de color permite identificar funciones sin romper la coherencia general del ambiente.
Gracias a la variedad de distribuciones luminosas —desde bañados uniformes hasta haces de luz muy precisos como narrow spot—, los proyectores Eclipse permite ajustar la distribución luminosa a la narrativa espacial: recortando volúmenes, subrayando geometrías y aislando detalles sin alterar la coherencia visual del conjunto. El confort visual es determinante: la tecnología darklight garantiza un recorrido sin deslumbramientos, favoreciendo una percepción serena y concentrada, en la que la luz acompaña al patrimonio desde la discreción.
La elección de una temperatura de color cálida de 2700 K refuerza la materialidad del conjunto, poniendo en valor el tono de la piedra y de los elementos constructivos históricos. Esta luz genera una atmósfera serena y envolvente, que favorece una lectura pausada y una conexión emocional con el pasado.
De forma puntual, el uso de acentos de luz azul —mediante RGBW— permite identificar y diferenciar determinados elementos del yacimiento, como vasijas o áreas concretas (por ejemplo, las termas romanas). Este recurso permite crear un contraste cromático controlado que aporta información sin restar protagonismo a la escena.
En las zonas con aportes de luz natural a través de lucernarios, la iluminación artificial se regula para acompañar esta presencia, reduciendo su intensidad y evitando competir con la luz del día. En cambio, en ámbitos sin luz natural, la iluminación artificial asume un papel más estructurador para garantizar la continuidad del recorrido y una percepción homogénea del conjunto.
El museo incorpora también grandes estanterías expositivas, que exigen una iluminación capaz de mostrar a la vez el conjunto y el detalle: una luz uniforme que permite leer la totalidad de las piezas, combinada con acentos precisos que facilitan la percepción individual de cada objeto, con un criterio similar al de una sala de exposición.
Por motivos perceptivos y de conservación, los niveles de iluminación se mantienen deliberadamente contenidos. Esta decisión facilita la adaptación progresiva de la visión a medida que el visitante avanza, evita contrastes abruptos y respeta la fragilidad de los materiales arqueológicos.
El proyecto demuestra cómo la iluminación puede poner en valor el patrimonio desde la discreción: la luz acompaña la historia, la interpreta y la hace legible para el visitante contemporáneo.
La renovación del sistema ha permitido reducir de forma notable el consumo energético: se ha pasado de luminarias de 75–100 W (media aproximada 80 W) a potencias de 2 W, 3 W y 12 W, en un conjunto de alrededor de 700 unidades. La tecnología actual se convierte en una aliada silenciosa que refuerza la sostenibilidad del museo y contribuye a preservar el legado cultural a largo plazo.
Proyecto: La Almoina Centro Arqueológico ·
Propietario: Ajuntament de València
Arquitecta: Marta González ·
Diseño de iluminación: Julio García García
Distribuidor: Estudio de Iluminación
Fotografía: Rafael Vargas
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